la firma de abogados donde trabajaba mi tío Mateo, fiscal especializado en lavado de activos. Con el flash apagado, comencé a fotografiar una a una las copias de los contratos bancarios que había logrado deslizar bajo el forro de mi bata de satén.
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A las 5:15 de la mañana, mientras el horizonte comenzaba a clarear sobre los rascacielos de la ciudad, el teléfono de Julián sonó en la mesa de noche.
Julián saltó de la cama, alerta como un felino, y atendió en