rastro de alcohol ni de sueño en sus facciones; sus ojos me miraban con una furia calculadora y una frustración que jamás le había visto en dos años.
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—Te pedí una sola cosa cuando entramos a esta habitación, Sofía —dijo Julián con una voz baja, arrastrada y venenosa—. Te pedí que no tocaras mis cosas.
Di dos pasos torpes hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra el borde del escritorio. Las hojas de la póliza de seguro resbalaron de mis dedos, desparramándose sobre