mi elección había sido correcta. Pero aquella noche ya no pude seguir mintiéndome. —¿Todavía nos quieres? —pregunté. Diego frunció el ceño. —Otra vez con tus dramas. Y se fue. Sofía comenzó a llorar. La cargué y miré la mesa: sopa instantánea, galletas y dos sobres de avena. Eso era lo que mi marido había considerado suficiente para nosotras. Entonces pensé con una claridad dolorosa: si me quedaba, mi hija crecería viendo a su madre pedir permiso hasta para comprarle comida. Tomé el teléfono. Mi dedo tembló sobre un contacto que
Dos meses después de tener a nuestra hija, mi esposo se marchó con sus padres y me dejó sin dinero, con pañales contados y una caja de fideos. “Arréglate con esto hasta que regrese”, soltó. Yo no hice una escena; tomé a la bebé y volví con mis padres. Él pensó que bastaría con regresar y pedir perdón… hasta que su madre confesó por qué llevaba meses obligándome a ahorrar cada peso.