el cuerpo.
Pero también recordaba su expresión cuando Javier había mencionado la carpeta.
Acepté verla, siempre que la conversación ocurriera con personal del hospital cerca y sin que pudiera presionarme.
Mariana entró con los ojos hinchados.
Ya no llevaba el maquillaje impecable con el que había aparecido en el jardín.
—No espero que me perdones —dijo.
—Entonces, ¿para qué viniste?
Se sentó y apretó las manos sobre las rodillas.
—Porque necesito contarte lo que sé.
No respondí.
—Yo sabía que Javier estaba intentando conseguir tu firma para vender el terreno.