conseguí susurrar—. Estoy enterrada en el patio de mi casa. Estoy embarazada. Mi esposo me hizo esto.v
Javier levantó la mano.
Durante un instante pensé que volvería a golpearme.
Pero un ruido procedente de la calle lo hizo detenerse.
Sirenas.
Primero una, después otra.
Teresa se llevó una mano al pecho.
—No puede ser. Nadie tenía que enterarse.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
Nadie tenía que enterarse.
No dijo que aquello fuera mentira. No dijo que yo estuviera exagerando. No dijo que todo hubiera sido un accidente.