confundido la lealtad familiar con la obligación de proteger a su hijo de cualquier consecuencia.
Admitió que había participado en lo ocurrido y que, aunque al principio se había convencido de que aquello sería una lección breve, había ignorado mis ruegos y mi sufrimiento.
Al final escribió:
«No espero que me perdones. Solo quiero que sepas que ahora comprendo que no estaba salvando el matrimonio de mi hijo. Estaba ayudándolo a destruirte».
Dejé la carta sobre la mesa.
No sentí alegría.
Tampoco sentí la necesidad de correr a abrazarla.
El