mochila de unicornio. Se sentó frente a nosotros y miró a Rodrigo.
—Papá, ¿anoche entraste a mi cuarto?
La taza se le quedó a medio camino.
—¿Por qué preguntas eso, princesa?
—Porque escuché que llorabas.
El silencio cayó sobre la cocina como una puerta cerrada.
Yo apreté el cuchillo con el que cortaba fresas.
Rodrigo sonrió, pero no le llegó a los ojos.
—Soñaste, mi amor.
Valentina bajó la mirada.
—¿Y mi hermanita también es sueño?
La fruta se me cayó de las manos.
—¿Qué hermanita, Vale? —pregunté, cuidando que