lado, apretándome la mano.
Lucía entró con una psicóloga.
No corrió hacia mí.
No tenía por qué.
Me miró con desconfianza, como se mira a una adulta extraña que trae verdades demasiado grandes.
Yo tampoco corrí. Solo me agaché para quedar a su altura.
—Hola —dije—. Soy Inés.
La niña me observó. Luego miró a Valentina.
Valentina dio un paso.
—Yo soy Valentina.
Lucía abrió mucho los ojos.
No eran idénticas, pero había algo entre ellas que ningún papel falso pudo cortar.
—Tú estabas en mis sueños —murmuró Lucía.
Valentina