respondió.
No necesitaba hacerlo.
De pronto recordé una conversación que había tenido con Ricardo apenas dos meses después del funeral.
Yo estaba sentada en el suelo de mi antiguo dormitorio, rodeada de cajas con las pertenencias de mi padre. Ricardo se había acercado, me había abrazado y me había dicho:
«No te preocupes por los abogados, mi amor. Yo me encargo de todo. Tu papá confiaba en mí».
Le había entregado documentos sin leerlos.
Había firmado autorizaciones bancarias.
Había permitido que mi esposo participara en reuniones relacionadas con la herencia