edificio no era lujoso, pero estaba limpio. Había recipientes con agua fresca, mantas viejas, paja y jaulas improvisadas para los animales enfermos. Colgado en una pared, un cuaderno donde Lidia anotaba minuciosamente cada rescate: dónde había encontrado al animal, qué tratamiento recibió y si había sido adoptado.
—Ya entregó decenas de animales en adopción… —murmuró un agente mientras hojeaba las páginas.
—Sesenta y ocho —respondió ella—. Pero a estos nadie los quiso.
Su jubilación no alcanzaba, así que recogía cartones y chatarra. Todo lo que ganaba era para comprar comida