imagen que tenía de mi hermana.
Y esa es una deuda que jamás podrá saldarse.
Dos años después supe, por medio de familiares, que las cosas no habían terminado bien para ellos. El dinero que tanto les urgía nunca solucionó sus problemas. Continuaron gastando por encima de sus posibilidades, acumularon nuevas deudas y finalmente tuvieron que vender la casa que tanto decían querer salvar. Su matrimonio también comenzó a resquebrajarse bajo el peso de las discusiones constantes sobre dinero y responsabilidades. Cuando escuché la noticia no sentí alegría ni deseo