cancelada.
Podía volver a casa.
Normalmente habría avisado a mi esposa.
Aquella vez no lo hice.
No me enorgullece reconocerlo.
Pero necesitaba saber qué estaba ocurriendo.
Conduje durante casi dos horas con el estómago cerrado.
A medida que me acercaba a nuestra calle, sentía que el corazón latía más rápido.
Eran las doce y cuarenta y cinco cuando estacioné frente a la vivienda.
Lo primero que vi fue el automóvil de Roberto.
Estaba estacionado junto a la acera.
Apagué el motor.
Me quedé inmóvil.
No podía creerlo.
La persona que