a mí.
—Porque la primera vez que lo vio acostado, preguntó si estaba enfermo. Le expliqué que Roberto no se sentía bien y que necesitaba descansar.
Hizo una pausa.
—Después me preguntó si tú ibas a llorar cuando lo supieras.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y qué le dijiste?
—Que probablemente te pondrías triste.
—¿Y por eso le pediste que no me contara?
Mariana asintió.
—Le dije que esperara porque Roberto quería hablar contigo personalmente. Pero me equivoqué. No debí pedirle que guardara un secreto.
Roberto miró hacia la