ventana.
—Yo insistí en que no te dijeran nada. Pensé que iba a poder explicártelo cuando estuviera mejor.
Me pasé una mano por el rostro.
—Los dos se equivocaron.
Ninguno discutió.
—Podían haberme contado la verdad —continué—. No tenían que enfrentar esto solos.
Mariana comenzó a llorar.
—Lo sé.
Entonces Roberto me hizo una confesión todavía más difícil
Pensé que ya había escuchado todo.
Pero mi amigo tomó una de las hojas que estaban sobre la mesa.
—Gabriel, hay algo más.
Lo miré.
—¿Qué sucede?
—Los médicos me dijeron que