estaba sentado frente a mí, reconociendo que tenía miedo.
—No quería que me vieras así —murmuró.
Lo miré.
—¿Así cómo?
—Débil. Enfermo. Necesitando ayuda.
Me acerqué.
—Roberto, eres mi hermano.
Él bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si tuvieras que demostrarme que puedes con todo.
Se cubrió los ojos con una mano.
Y comenzó a llorar.
La conversación que tuve con mi esposa aquella noche
Después de acompañar a Roberto a su departamento, regresé a casa.
Mariana estaba sentada en la cocina.
Tenía los ojos hinchados.