fútbol.
Nunca más volvió a fingir que estaba bien cuando no lo estaba.
Un viernes por la tarde, recibí una llamada suya.
—Gabriel, ¿puedes venir?
Su voz sonaba extraña.
Me asusté.
—¿Pasó algo?
—Solo ven.
Fui directamente a su departamento.
Cuando abrió la puerta, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Pensé lo peor.
—Roberto, ¿qué ocurrió?
Me entregó una hoja.
Era el informe de su última evaluación médica.
No comprendí inmediatamente los resultados.
Entonces él sonrió.
—El tratamiento está dando resultado. El tumor ha disminuido.
Sentí que me faltaba el