—Ya puedes dormir aquí otra vez si estás cansado.
Roberto se quedó inmóvil.
Mariana sonrió.
Yo sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Mi hija agregó:
—Pero ahora papá ya sabe que estás enfermo, así que no tenemos que guardar secretos.
Roberto se arrodilló para abrazarla.
—Tienes toda la razón, princesa.
Después me miró.
—¿Puedo decirte algo?
—Claro.
—Gracias por no dejarme solo.
Le puse una mano en el hombro.
—Nunca estuviste solo. Solo tenías que dejarnos estar contigo.
Reflexión final
Aquella tarde de martes, mi hija de