pintura cerca del cuello.
La levanté.
No era mía.
Recordé que Roberto solía utilizar camisetas de ese estilo cuando trabajaba.
Sentí un calor desagradable en el rostro.
La guardé donde estaba.
Después observé la cama.
Las sábanas habían sido cambiadas.
Sobre la mesa de noche había un vaso de agua y un pequeño paquete de pañuelos.
Todo parecía normal.
Pero yo ya no conseguía verlo así.
Cuando bajé, Mariana me preguntó qué quería cenar.
—Cualquier cosa —respondí.
Ella me miró preocupada.
—Gabriel, ¿estás bien?
—Sí.
Mentí.
Aquella noche casi no