al patio y la llave estaba, como siempre, debajo de la maceta de albahaca. Entré en silencio, con el pastel todavía entre las manos, y me quedé pegada a la pared del pasillo que lleva a la cocina. Escuché la voz de Rodrigo, baja y apurada, y la de mi hermana, quebrada.
—No puedo seguir con esto, Rodrigo —decía Daniela—. Es mi hermana.
—Es una firma más y se acaba todo. La casa de tu papá está a nombre de las dos, pero ella ni vive ahí. En cuanto la