vendamos, pago lo que debo y nadie sale perdiendo.
Me temblaban tanto las manos que tuve que apoyar el pastel sobre el mueble del pasillo. «Nadie sale perdiendo». La casa donde crecimos, donde mi padre había pintado la reja de verde cada primavera, convertida en una frase cómoda.
—¿Y si Valeria se entera? —preguntó mi hermana.
—No se va a enterar. Confía en mí. Firmará lo que le ponga delante.
Lo que ellos no sabían
Hacía tres semanas que algo no cuadraba. Llamadas que Rodrigo cortaba al verme entrar, retiros