Vi el auto de mi esposo frente a la casa de mi hermana y entré por la puerta trasera: lo que escuché en la cocina lo cambió todo

de la cuenta que compartíamos, un hombre que había llamado a casa preguntando por él y se había disculpado enseguida diciendo que se había equivocado de número. Yo lo había guardado todo en un rincón de la mente, intentando no convertirme en una esposa desconfiada.

Pero el jueves, Rodrigo me había dejado sobre la mesa un papel «para los trámites de la sucesión de papá», con una sonrisa y un «solo tienes que firmar aquí». Le dije que lo leería con calma. Esa misma tarde se lo mostré a Carla,