una amiga abogada. Me llamó a los diez minutos. «Valeria, no lo firmes. Ese documento le da poder para vender la propiedad en tu nombre».
No lo firmé. Y ese papel, doblado en cuatro, estaba en mi bolso mientras escuchaba detrás de la pared cómo mi esposo planeaba quedarse con mi herencia.
Entré a la cocina
Respiré hondo y empujé la puerta. Rodrigo estaba de espaldas, con una carpeta en la mano. Mi hermana, sentada con los ojos hinchados. Cuando me vieron, la cocina entera se quedó en silencio.
—Vale…