era posible. Pero todavía debemos determinar qué ocurrió realmente.

Adriana me apretó la mano.

Entonces el investigador abrió otra carpeta.

—Hay algo más que necesitamos preguntarle.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—¿Conoce a una mujer llamada Verónica Campos?

Fruncí el ceño.

—No.

—¿Está segura?

Negué.

—Nunca he escuchado ese nombre.

El investigador colocó una fotografía sobre la mesa.

Mostraba a una mujer de unos cuarenta años, cabello oscuro y una sonrisa discreta.

No la reconocí.

Pero entonces vi al hombre que estaba a su lado.

Mauricio.

La fotografía había sido tomada