destruida por el miedo que mi hija sentía dentro de su propia casa.

A la mañana siguiente llegó mi madre.

Elena tenía sesenta y ocho años y acababa de recuperarse de un problema cardíaco.

Cuando me vio, me abrazó sin preguntar nada.

Yo me derrumbé.

—Mamá, no sé cómo no me di cuenta.

Me sostuvo entre sus brazos.

—Ahora estás aquí, hija. Eso es lo que importa.

Lloré durante varios minutos.

Después le conté lo que había ocurrido.

Mi madre escuchó en silencio.

Cuando mencioné la lámpara, su expresión cambió.