boca.
—¿La lámpara?
—Sí. Le pregunté si le daba miedo la luz. Me dijo que no era la luz.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Entonces qué?
Mi madre comenzó a llorar.
—Dijo que a veces escuchaba voces cuando estaba sola.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué voces?
—No quiso explicármelo. Cuando Mauricio entró, dejó de hablar inmediatamente.
Cerré los ojos.
Recordé todas las veces que mi esposo insistía en que la lámpara permaneciera encendida.
Todas las veces que Valeria pedía dormir conmigo.
Y todas las veces que él respondía