mi voluntad y cortarme el cabello con unas tijeras.
Ximena comenzó a llorar.
Pero esta vez no sabía si eran lágrimas reales.
—Valeria, no queríamos hacerte daño —dijo.
La miré.
—¿No querían hacerme daño?
Señalé mi cabello.
—Entonces, ¿esto qué era? ¿Una broma?
Nadie respondió.
Minutos después llegaron los guardias del edificio.
Mauricio intentó explicar que era un “problema familiar”.
La frase me hizo reír por primera vez en mucho tiempo.
Porque siempre había sido así.
Cada abuso era llamado problema familiar.
Cada humillación era llamada discusión.
Cada vez que