Unos meses más tarde, Teresa regresó sola a la casa de Huitzilac.
Era primavera.
Los árboles estaban verdes y el aire olía a tierra mojada.
Abrió la puerta, caminó hasta la habitación del escondite y levantó nuevamente la tercera tabla.
La lata ya no estaba allí. Era parte del expediente y probablemente terminaría guardada durante años en algún archivo.
Pero Teresa se sentó en el mismo lugar.
Llevaba puesta la chamarra naranja.
Sacó del bolsillo una copia de la carta de Camila.
La original estaba protegida.
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