Al volver del funeral vi cómo mi yerno tiraba las cosas de mi hija sin derramar una sola lágrima. Salvé únicamente su chamarra naranja y le dije: “No necesito nada más”. Él y su madre intercambiaron una mirada extraña. Esa madrugada encontré en el bolsillo una nota secreta, y la última frase me hizo entender que mi hija había previsto que algo podía pasarle.

preparó café en su departamento.

Después abrió el viejo álbum que Mauricio le había devuelto.

Encontró una fotografía de Camila a los siete años, con un vestido amarillo, los ojos cerrados por el sol y una carcajada enorme.

Teresa colocó la foto sobre la mesa.

Ya no quería recordar a su hija dentro de un ataúd.

Quería recordarla hablando a las tres de la mañana sobre animales extraños, comprando chamarras viejas en mercados, escondiendo secretos debajo de pisos de madera y creyendo obstinadamente en su madre.

Durante mucho tiempo Teresa