Al principio apenas intercambiábamos algunas miradas. Su presencia transmitía una tranquilidad difícil de describir. No hacía preguntas sobre mi estado de salud ni intentaba entablar largas conversaciones. Bastaba con que permaneciera allí para que la habitación dejara de sentirse tan vacía.
Con el correr de las noches comenzó a dirigirme algunas palabras. Eran frases sencillas, pero cargadas de serenidad. Me repetía expresiones como “Sé fuerte” o “Todo mejorará”, mensajes que, aunque breves, terminaban convirtiéndose en un verdadero impulso para afrontar la recuperación con otra actitud.
Sin darme cuenta, empecé