a esperar ese momento del día. Después de las revisiones médicas y de que el hospital recuperara la calma habitual de la madrugada, me encontraba atento a su llegada. Aquellas conversaciones se transformaron en un espacio de alivio emocional que me ayudaba a sobrellevar la incertidumbre propia de cualquier tratamiento prolongado.
Nunca permanecía demasiado tiempo. Después de conversar unos minutos, se levantaba con la misma discreción con la que había llegado y desaparecía sin despedidas formales. Sin embargo, cada visita dejaba detrás una sensación de paz que permanecía hasta la