uniformes escolares, arreglando vestidos y haciendo cortinas para las casas del vecindario. Había noches en las que se quedaba frente a la máquina hasta que amanecía.
Nosotros no comprendíamos cuánto se sacrificaba. Solo sabíamos que siempre aparecía comida sobre la mesa y que, de alguna manera, los útiles escolares estaban listos cuando comenzaban las clases. Mi hermana, Marta, era la más responsable. Mi hermano, Carlos, soñaba con convertirse en mecánico. Yo era el hijo problemático: perdía los cuadernos, regresaba con los pantalones rotos y encontraba cualquier excusa para no hacer