la mesa.
—¿Qué hace ella aquí? —murmuró la madre.
Pero nadie respondió.
En cambio, todos los directivos inclinaron la cabeza.
—Buenos días, señora directora general.
La verdad salió a la luz
Caminé hasta la cabecera de la mesa y tomé asiento.
—Buenos días —dije serenamente—. Especialmente para ustedes, Daniel, Camila y señora Estela. ¿Les sorprende descubrir que la “pobre carga embarazada” a la que despreciaron era quien pagaba sus salarios?
Daniel comenzó a temblar.
—¿Tú… eres la dueña?
—Sí. Oculté mi identidad para descubrir si me amabas de verdad. Y