que supuestamente ya no existía.
A la mañana siguiente llamé a Margaret Sullivan, una abogada especializada en asuntos familiares y patrimoniales.
Le conté todo.
Escuchó sin interrumpirme.
Después hizo una pregunta.
—Carol, ¿conservas los documentos de la herencia de tu padre?
—Creo que sí.
—Tráelos. Y no firmes nada nuevo que Mark te presente.
Aquella tarde revisamos las carpetas antiguas.
Margaret encontró una referencia a un fideicomiso familiar.
Sus beneficiarios éramos Daniel y yo.
Pero alguien había estado administrándolo durante años.
Mark.
—Carol, necesitamos verificar estas operaciones —dijo Margaret—. Podría