blanco como la nieve. Ojos grises tan claros y serenos que tuve que apartar la mirada.
—Me oíste —dijo con suavidad.
Dejé la bandeja sobre la mesita auxiliar. Me temblaban un poco las manos. No sabía por qué.
—Es que tengo prisa —dije—. Siempre la tengo.
—Lo sé —dijo—. Eso es lo que me preocupa.
Le serví el té. No dije nada más. Pero esa
noche, de camino a casa, no dejaba de oírlo: « Caminas como alguien que ha olvidado cómo vivir».
Acepté