La lluvia le goteaba por los hombros y el pelo. Tenía el rostro enrojecido por la furia. Justo detrás de él venía mi madre, con el abrigo empapado, el pelo gris pegado a la frente y los ojos desorbitados por un terror que jamás había visto en ellos.
—Laura, ¿te has vuelto completamente loca? —gritó Greg. Se acercó a grandes zancadas por el pasillo hacia el estudio—. Nos vamos. Ahora mismo. Ya no vas a dejar de cuidar a un viejo senil…
Se detuvo en seco en el