no era apta, que era una niña, que irían a juicio y le quitarían al bebé.
—Quería llamarte —le dijo mi madre a Ernest—. Tenía muchísimas ganas. Cogió el teléfono un millón de veces. Pero le daba muchísima vergüenza. Pensaba que te enfadarías. Pensaba que estarías de acuerdo con ellos.
Ernest cerró los ojos.
—Así que hicimos un plan —dijo mi madre—. Te llevaría a un lugar seguro. Solo por un tiempo. Solo unos meses, hasta que Marianne se recuperara. Hasta que tuviera el valor suficiente para