sustento.
Esperaba que mi esposo fuera mi apoyo, pero Alejandro mostró su verdadera miseria. Semanas después, en nuestra casa, me soltó la bomba.
—Valeria, no puedo seguir con esto —me dijo, empacando sus cosas con frialdad—. Me acaban de ofrecer la dirección de la escuela. Necesito a una mujer que pueda pararse en eventos, que hable, que socialice con los del sindicato. No puedo arrastrar a una esposa… discapacitada. Me das lástima, y la lástima no sirve para mi carrera.
Me dejó ahí, sola, sin dinero —porque todo se quemó