estaba bien, pero de mi boca no salió ningún sonido. Solo aire. Entré en pánico, llevándome las manos al cuello.
Los médicos me dieron el diagnóstico esa misma tarde: afonía psicógena. El trauma y el shock brutal habían bloqueado mis cuerdas vocales. Físicamente, mi garganta estaba intacta, pero mi cerebro había levantado un muro. Estaba muda. Para una maestra de preparatoria, mi voz lo era todo. Mis alumnos me adoraban por mis explicaciones apasionadas sobre genética y cadenas de ADN; sin mi voz, perdí mi identidad, mi vocación y mi