“¡Están despedidas por desobedecer mis órdenes y salvar a un don nadie!”, gritaba el jefe del hospital furioso al descubrir que me había arriesgado a hacer una transfusión directa con mi propia sangre para salvar a un anciano sin papeles al que él había condenado a morir, sin saber que ese abuelo era el padre del hombre más poderoso de la ciudad, quien llegó minutos después con una carpeta de documentos legales para destruir al médico y pedirme matrimonio.

con el coche—, sin trabajo y en el más absoluto silencio.

Tuve que tragarme el orgullo. Sin voz, nadie quería contratarme como maestra, ni siquiera para dar regularizaciones. Fue gracias a una excompañera que conseguí empleo en un hospital público de la zona metropolitana. Yo, Valeria, la mejor profesora de biología de la zona escolar, terminé trabajando como afanadora y asistente de enfermería. Trapeaba pasillos llenos de sangre, cambiaba sábanas manchadas y vaciaba cómodas.

El director de urgencias, el Dr. Roberto Garza, era un déspota clasista. Un hombre que humillaba