con el coche—, sin trabajo y en el más absoluto silencio.
Tuve que tragarme el orgullo. Sin voz, nadie quería contratarme como maestra, ni siquiera para dar regularizaciones. Fue gracias a una excompañera que conseguí empleo en un hospital público de la zona metropolitana. Yo, Valeria, la mejor profesora de biología de la zona escolar, terminé trabajando como afanadora y asistente de enfermería. Trapeaba pasillos llenos de sangre, cambiaba sábanas manchadas y vaciaba cómodas.
El director de urgencias, el Dr. Roberto Garza, era un déspota clasista. Un hombre que humillaba