“¡Están despedidas por desobedecer mis órdenes y salvar a un don nadie!”, gritaba el jefe del hospital furioso al descubrir que me había arriesgado a hacer una transfusión directa con mi propia sangre para salvar a un anciano sin papeles al que él había condenado a morir, sin saber que ese abuelo era el padre del hombre más poderoso de la ciudad, quien llegó minutos después con una carpeta de documentos legales para destruir al médico y pedirme matrimonio.

ahora mismo y den gracias de que no les quito la cédula, par de idiotas! Y a la mudita, que los de seguridad la saquen a patadas.

Estaba gritando tan fuerte que no notó que, detrás de él, un grupo de hombres trajeados acababa de entrar al área de urgencias. Al frente de ellos caminaba un hombre imponente, alto, de mirada penetrante y vestido con un traje que costaba más que el salario anual de Garza. Todo el mundo en la ciudad de México conocía ese rostro. Era Don Carlos