ahora mismo y den gracias de que no les quito la cédula, par de idiotas! Y a la mudita, que los de seguridad la saquen a patadas.
Estaba gritando tan fuerte que no notó que, detrás de él, un grupo de hombres trajeados acababa de entrar al área de urgencias. Al frente de ellos caminaba un hombre imponente, alto, de mirada penetrante y vestido con un traje que costaba más que el salario anual de Garza. Todo el mundo en la ciudad de México conocía ese rostro. Era Don Carlos