triunfo.
Carlos corrió hacia la camilla de su padre. Don Rogelio estaba despertando, parpadeando confundido, pero al ver a su hijo, una sonrisa iluminó su rostro arrugado.
—Carlitos, mijo… me perdí.
—Ya estás a salvo, papá —lloró el poderoso empresario, abrazándolo como a un niño—. Ya te encontré.
El viejo levantó una mano temblorosa y me señaló a mí, que seguía en el rincón.
—Esa muchacha, mijo… ella me dio de su sangre. Sentí su calorcito. Me salvó.
Carlos Mendoza caminó hacia mí. Yo me encogí, sintiendo vergüenza por mi