la ropa que traen puesta.
Garza balbuceó, tartamudeando excusas mediocres.
—¡Señor Mendoza, le juro que fue un malentendido! ¡Yo pensé que…!
—Usted ya no piensa, Garza —lo interrumpió—. Hoy mismo muevo mis influencias. No solo está despedido, me voy a asegurar personalmente de que le retiren su licencia médica y de que no vuelva a recetar ni una aspirina en todo el maldito país. ¡Lárguese de mi vista!
Garza salió huyendo, humillado frente a todo el personal que tanto había maltratado, mientras algunos camilleros no podían ocultar sus sonrisas de