juventud, y acompañarlo a sus terapias. Me trataban con un respeto y un cariño que Alejandro jamás me dio.
Con la ayuda de los psiquiatras y terapeutas que Carlos pagó, poco a poco comencé a sanar las heridas emocionales que la explosión y el abandono de mi exesposo me habían dejado. Pero mi voz seguía sin salir.
Una tarde de noviembre, mientras el viento mecía las ramas de los jacarandas en el jardín, Don Rogelio me estaba contando una anécdota muy graciosa sobre cómo conoció a su difunta esposa en