una kermés de pueblo. De repente, tropezó con una de sus historias, perdiendo el hilo por su enfermedad.
—Ay, caray… ¿y qué le dije entonces a la Lupe? Ya se me fue el avión, mija… —dijo el abuelo, frustrado.
Y entonces, sin pensarlo, sin forzarlo, sentí que un nudo de hielo en mi pecho se rompía. El aire fluyó por mi garganta de manera natural.
—Le dijiste que… si no te daba un beso, te ibas a robar los tamales de la kermés.
Mi propia voz, suave pero clara, resonó