me la robes!
Solté una carcajada limpia y sonora que resonó por todo el jardín, sintiendo cómo la felicidad me llenaba el alma.
—Ay, Don Rogelio… —me acerqué a abrazarlo—. Le prometo que puedo ser su nuera, su cuidadora, su compañera de chismes y hasta su enfermera particular si hace falta. No me voy a ir a ningún lado.
El viejo sonrió pícaramente, guiñándole un ojo a su hijo.
—Ah, bueno. Entonces sí tienen mi bendición. Ya pónselo, mijo, antes de que se arrepienta.
Hoy, cinco años después, estoy sentada