de pasar sus broncas a nosotros? —insistí, sintiendo que el pecho se me cerraba por la ansiedad.
—¡Ya, cállate, Valeria! Pareces vieja argüendera de vecindad. Todo te asusta. Quédate aquí en la sombra, voy a sacar el coche y nos largamos.
Suspiré, retrocediendo hacia la banqueta, bajo un árbol. Lo vi subirse al asiento del conductor, acomodar el espejo con una sonrisa arrogante y girar la llave.
—¡Súbete ya! —me gritó desde la ventana, con tono de orden.
Di dos pasos hacia él. Y entonces… el mundo desapareció.
Un estruendo