ensordecedor me reventó los tímpanos. No hubo tiempo para pensar. La onda expansiva me arrojó contra el asfalto con una fuerza brutal. Cuando logré abrir los ojos, aturdida y con el rostro raspado, el auto de lujo era una bola de fuego gigantesca. Las llamas se alzaban devorando el metal, el cielo se llenó de humo negro, y el calor era tan intenso que sentía la piel derretirse.
El pánico me paralizó. Quise gritar el nombre de mi esposo, quise correr hacia el fuego, pero mi voz no salió. Un