El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

dijo sin siquiera saludar.

Reconocí inmediatamente aquel tono autoritario.

—Estoy intentando demostrar mi inocencia.

—Ya cumpliste parte de tu condena. Deberías agradecer que estás afuera.

—¿Te preocupa que descubran algo?

Soltó una carcajada.

—Lo que me preocupa es que vuelvas a meterte en problemas. Recuerda que todavía tienes condiciones que cumplir para conservar tu libertad.

Después bajó la voz.

—Y deja tranquila a Patricia. Ella tiene suficiente con administrar la empresa.

Colgué temblando.

Esa noche Mercedes me encontró llorando junto al lavadero.

—¿Te amenazó?

—Me recordó que todavía puede destruirme.