El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

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La persona que había decidido hablar era Ernesto Cárdenas, el antiguo contador general de mi empresa.

Durante años lo consideré un hombre honesto. Trabajó conmigo desde que nuestro negocio apenas tenía ocho empleados y un pequeño almacén a las afueras de Puebla.

Sin embargo, su declaración había sido una de las pruebas que me llevaron a prisión.

Cuando lo vi entrar en el despacho de Gabriela, sentí que la sangre me hervía.

—¿Ahora sí viene a contar la verdad? —pregunté.

Ernesto bajó la cabeza.

—Mariana, necesito explicarte lo que