El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

ocurrió.

—Tuvo tres años para hacerlo.

Se sentó frente a mí y sacó una carpeta.

Explicó que, después de la muerte de Lucía, Patricia comenzó a pedirle que autorizara movimientos financieros urgentes. Ricardo respaldaba cada solicitud, asegurando que yo estaba demasiado afectada para ocuparme de los negocios.

Al principio, Ernesto creyó que intentaban ayudarme.

Después aparecieron contratos con proveedores desconocidos y transferencias por millones de pesos.

Cuando comenzó la investigación contra mí, Patricia le entregó documentos que parecían demostrar mi autorización.

—Yo reconocí los formatos y las firmas —admitió—. Nunca